Mad World
sábado 5 de noviembre de 2011
El buen uso de la razón
Alguien domina la historia, alguien impone su voluntad. Buscar el equilibrio en la interacción de consciencias sin dejar que una sola mueva las piezas del juego, elija el escenario y la representación, sería negar el común denominador de la existencia: el egoísmo; o darse cuenta de que siendo creyentes de la razón nuestro concepto de amor no es sino una construcción más y dentro del absurdo subjetivismo el hombre no es capaz de decir con seguridad si es la ignorancia del bienestar del otro por el bienestar propio o el desprendimiento de un bien único por un bien común lo que nos acerca a un comportamiento humano. La individualidad se nos ha dado de un modo grotesco y cruel, cualquiera es capaz de opinar pero sigue creciendo el desinterés de los oídos, se nos ha entregado una voz llena de miedo, sin nombre, y en lugar de servir como herramienta para construir una identidad que permita reconocerse en alguien más ha otorgado desconfianza, soledad impuesta y un vacío que busca desaparecer a través de la anulación del otro. La balanza se inclina hacia el lado que el injusto decide porque un equilibrio supondría arriesgarse a estar equivocado y una vez puesto en evidencia el error el individuo tendría que enfrentarse a la necesidad de solucionarlo. Hay una guerra de poder entre un mismo batallón porque la incertidumbre de no saber quién es el enemigo ha llevado a los soldados a matarse los unos a los otros. Al final del simulacro queda un hombre solo, en la trinchera, aún con miedo y esperando ya sin fuerzas que comience la verdadera guerra.
jueves 4 de agosto de 2011
Oda ingenua
Vamos a jugar a que te busco,
a que no sé tu nombre,
ni tu calle,
a que paso las noches desvelado
porque te vi y me viste,
a que rompo un papel y otro papel
sin poderte decir
que llevo el pecho como un hueco sin fondo.
Por qué no jugar
a que rozo tu piel como al descuido,
a que tú te sonrojas y me ahogo
y se me van las manos por el aire
y me vuelvo suicida o asesino
si otro tiene tu risa o tu cintura.
Es un juego muy simple.
Requisito:
buscar en los desechos de uno mismo
un secreto temblor
que los antiguos llamaban ternura.
Waldo Leyva
a que no sé tu nombre,
ni tu calle,
a que paso las noches desvelado
porque te vi y me viste,
a que rompo un papel y otro papel
sin poderte decir
que llevo el pecho como un hueco sin fondo.
Por qué no jugar
a que rozo tu piel como al descuido,
a que tú te sonrojas y me ahogo
y se me van las manos por el aire
y me vuelvo suicida o asesino
si otro tiene tu risa o tu cintura.
Es un juego muy simple.
Requisito:
buscar en los desechos de uno mismo
un secreto temblor
que los antiguos llamaban ternura.
Waldo Leyva
viernes 15 de julio de 2011
Sin título (aún)
I
Salgo del salón de clases en busca de un respiro, cruzo la avenida y camino por el parque que es un jardín en medio de luces que avanzan en el tráfico como peces, y frente a la estatua de un revolucionario cualquiera veo parada a mi hermana con los brazos cruzados, está seria, como si estuviera esperando algo. Me acerco y ella saca su celular para llamar a mamá, con la mirada perdida en mi cuello me dice que va a pasar por nosotras en un rato. Arrojo una mueca de insatisfacción sobre su voz y sin decir nada me alejo y regreso a la clase. La noche está muy oscura y sobre ella flota un miedo de ojos que miran.
Veo a E. sentada apoyando sus brazos sobre el escritorio, fingiendo que lee la lista con atención y encuentra en ella el nombre de algún chico del curso que quiso recordar durante todo el día. Me pregunto si de verdad estará leyendo o si sus ojos serán incapaces de proyectar ese vacío en el que se está sumergiendo. Ella sabe que la estoy esperando, pero nadie dice nada, ni siquiera los alumnos que golpean con el lápiz su pupitre con un ritmo de impaciencia, de amable claustrofobia, esperando la hora en que ella decida que la clase ha terminado.
De pronto me dirige una mirada y yo siento cómo el muro de la espera se cae a pedazos sobre el tiempo. Regresa a la lista y comienza a decir en voz alta todos los nombres y poco a poco el salón se convierte en un dulce abandono.
Salimos caminando, cruzamos la avenida y yo busco en vano la silueta de mi hermana, entonces comprendo que no esperaron con tanto miedo y continuaron su viaje a casa sin mí. El parque que debe su soledad a la noche se siente traicionado, más de cincuenta personas lo rodean como a un cadáver y hacen de sus pasos astillas que lo perforan pero no consiguen hacerlo sangrar.
E. y yo nos sentamos bajo un árbol. Ella se acerca y me besa sin cerrar los ojos, abre su boca y deja que su lengua me moje los labios como si supiera de la sed y yo no hago más que aferrarme a su espalda con las manos, estrujándole los huesos, abrazándole las costillas. Estamos del otro lado del mundo. Somos un silencio. Ella mirando hacia la acera de enfrente y yo con la vista perdida en el parque durante el abrazo.
Alguien se acerca y el ruido de sus pasos me resulta familiar, enfoco la mirada y descubro el rostro del director de la facultad, camina lentamente, nos observa, nos descubre en la cercanía y el rumor se convierte en verdad. Cuando pasa justo enfrente tose y los tres nos convertimos en cómplices. E. voltea y al darse cuenta dice –verga- y se lleva las manos a la cara untándose la culpa. Esperamos unos segundos hasta verlo desaparecer, nos ponemos de pie y caminamos en silencio, en línea recta, hacia la parada del autobús.
Durante el trayecto voy mirando hacia todas las direcciones, árboles y tierra donde debería haber pasto, un camino empedrado que convierte el espacio en un museo nocturno que todos recorren con la contemplación en los bolsillos. Me encuentro con gente y más gente, y busco en mi mochila algo que me indique la hora pero está vacía. –Es de madrugada- digo mirándola y ella asiente. Escucho un silbato detrás y la curiosidad me obliga a girar. Hay cinco personas rodeando al hombre que tiene el silbato en la boca y nadie se percata de mi lejana presencia de observador. Están en medio de la carretera que divide la avenida en parque y ciudad deteniendo el tráfico, sofocándolo. Reconozco en los labios resecos que aprisionan al silbato y en las manos grandes y morenas llenas de callosidades y de fuerza al profesor de educación física que me dio clases durante los tres años que duró la secundaria. Cinco años después y lleva el mismo peinado rígido, muerto, y la lista sostenida por su mano derecha. Lo recuerdo pasando lista a las 10 de la mañana un miércoles cualquiera, sintiendo una felicidad cruel cuando los alumnos pasaban frente a él para que les revisara el uniforme, para que calificara si sus tenis eran lo suficientemente blancos o si el pants no rozaba el suelo ni se deshacía en hilos. Me recuerdo un martes por la noche lavando los tenis con un estropajo de fibra que lastimaba la piel, que casi cortaba. Me recuerdo caminando el miércoles a las siete de la mañana sin dejar de mirar dónde pisaba, cuidando un blanco que de tan pulcro me provocaba cierta molestia, un blanco falso e hipócrita, ajeno a mí. Y después recuerdo a todo el salón dando vueltas alrededor de la cancha en short a las once de la mañana mientras el profesor en una esquina indicaba con el ruido del silbato cuándo teníamos que dar media vuelta para correr en dirección contraria, cuándo teníamos que parar y jugar a las lagartijas, a las sentadillas, a tocar con la punta de nuestros dedos la punta de nuestros pies, siempre a su ritmo fúnebre. Todo para ensuciar el uniforme, para acabar con ese blanco que tanto detestábamos y luego marcharnos al salón escurriendo en sudor mientras los alumnos de tercer grado nos miraban con aire insolente. E. aprieta mi mano y pregunta a quién estoy mirando y mientras retomo nuestro camino alcanzo a responder –a Jorge- y ella no quiere saber más.
Llegamos a la parada y nos sentamos en el borde de la banqueta, me acerco y la beso y ella se abraza a mi cuello y me muerde suavemente los labios mientras no deja de mirarme. Un olor a balatas quemadas se acerca y le pregunto si se va y dice –sí– mientras se acomoda la falda para luego levantarse sin esfuerzos. Nos acercamos, se sube e intento besarla por última vez pero ella me empuja y mirando hacia abajo me indica que ya está encima del primer escalón del autobús, como si esa mínima altura representara un peligro. Le digo adiós y veo cómo avanza entre los primeros asientos hasta encontrar un lugar vacío, cómo se sienta y se agacha mientras el autobús arranca y yo no consigo ver su rostro.
Salgo del salón de clases en busca de un respiro, cruzo la avenida y camino por el parque que es un jardín en medio de luces que avanzan en el tráfico como peces, y frente a la estatua de un revolucionario cualquiera veo parada a mi hermana con los brazos cruzados, está seria, como si estuviera esperando algo. Me acerco y ella saca su celular para llamar a mamá, con la mirada perdida en mi cuello me dice que va a pasar por nosotras en un rato. Arrojo una mueca de insatisfacción sobre su voz y sin decir nada me alejo y regreso a la clase. La noche está muy oscura y sobre ella flota un miedo de ojos que miran.
Veo a E. sentada apoyando sus brazos sobre el escritorio, fingiendo que lee la lista con atención y encuentra en ella el nombre de algún chico del curso que quiso recordar durante todo el día. Me pregunto si de verdad estará leyendo o si sus ojos serán incapaces de proyectar ese vacío en el que se está sumergiendo. Ella sabe que la estoy esperando, pero nadie dice nada, ni siquiera los alumnos que golpean con el lápiz su pupitre con un ritmo de impaciencia, de amable claustrofobia, esperando la hora en que ella decida que la clase ha terminado.
De pronto me dirige una mirada y yo siento cómo el muro de la espera se cae a pedazos sobre el tiempo. Regresa a la lista y comienza a decir en voz alta todos los nombres y poco a poco el salón se convierte en un dulce abandono.
Salimos caminando, cruzamos la avenida y yo busco en vano la silueta de mi hermana, entonces comprendo que no esperaron con tanto miedo y continuaron su viaje a casa sin mí. El parque que debe su soledad a la noche se siente traicionado, más de cincuenta personas lo rodean como a un cadáver y hacen de sus pasos astillas que lo perforan pero no consiguen hacerlo sangrar.
E. y yo nos sentamos bajo un árbol. Ella se acerca y me besa sin cerrar los ojos, abre su boca y deja que su lengua me moje los labios como si supiera de la sed y yo no hago más que aferrarme a su espalda con las manos, estrujándole los huesos, abrazándole las costillas. Estamos del otro lado del mundo. Somos un silencio. Ella mirando hacia la acera de enfrente y yo con la vista perdida en el parque durante el abrazo.
Alguien se acerca y el ruido de sus pasos me resulta familiar, enfoco la mirada y descubro el rostro del director de la facultad, camina lentamente, nos observa, nos descubre en la cercanía y el rumor se convierte en verdad. Cuando pasa justo enfrente tose y los tres nos convertimos en cómplices. E. voltea y al darse cuenta dice –verga- y se lleva las manos a la cara untándose la culpa. Esperamos unos segundos hasta verlo desaparecer, nos ponemos de pie y caminamos en silencio, en línea recta, hacia la parada del autobús.
Durante el trayecto voy mirando hacia todas las direcciones, árboles y tierra donde debería haber pasto, un camino empedrado que convierte el espacio en un museo nocturno que todos recorren con la contemplación en los bolsillos. Me encuentro con gente y más gente, y busco en mi mochila algo que me indique la hora pero está vacía. –Es de madrugada- digo mirándola y ella asiente. Escucho un silbato detrás y la curiosidad me obliga a girar. Hay cinco personas rodeando al hombre que tiene el silbato en la boca y nadie se percata de mi lejana presencia de observador. Están en medio de la carretera que divide la avenida en parque y ciudad deteniendo el tráfico, sofocándolo. Reconozco en los labios resecos que aprisionan al silbato y en las manos grandes y morenas llenas de callosidades y de fuerza al profesor de educación física que me dio clases durante los tres años que duró la secundaria. Cinco años después y lleva el mismo peinado rígido, muerto, y la lista sostenida por su mano derecha. Lo recuerdo pasando lista a las 10 de la mañana un miércoles cualquiera, sintiendo una felicidad cruel cuando los alumnos pasaban frente a él para que les revisara el uniforme, para que calificara si sus tenis eran lo suficientemente blancos o si el pants no rozaba el suelo ni se deshacía en hilos. Me recuerdo un martes por la noche lavando los tenis con un estropajo de fibra que lastimaba la piel, que casi cortaba. Me recuerdo caminando el miércoles a las siete de la mañana sin dejar de mirar dónde pisaba, cuidando un blanco que de tan pulcro me provocaba cierta molestia, un blanco falso e hipócrita, ajeno a mí. Y después recuerdo a todo el salón dando vueltas alrededor de la cancha en short a las once de la mañana mientras el profesor en una esquina indicaba con el ruido del silbato cuándo teníamos que dar media vuelta para correr en dirección contraria, cuándo teníamos que parar y jugar a las lagartijas, a las sentadillas, a tocar con la punta de nuestros dedos la punta de nuestros pies, siempre a su ritmo fúnebre. Todo para ensuciar el uniforme, para acabar con ese blanco que tanto detestábamos y luego marcharnos al salón escurriendo en sudor mientras los alumnos de tercer grado nos miraban con aire insolente. E. aprieta mi mano y pregunta a quién estoy mirando y mientras retomo nuestro camino alcanzo a responder –a Jorge- y ella no quiere saber más.
Llegamos a la parada y nos sentamos en el borde de la banqueta, me acerco y la beso y ella se abraza a mi cuello y me muerde suavemente los labios mientras no deja de mirarme. Un olor a balatas quemadas se acerca y le pregunto si se va y dice –sí– mientras se acomoda la falda para luego levantarse sin esfuerzos. Nos acercamos, se sube e intento besarla por última vez pero ella me empuja y mirando hacia abajo me indica que ya está encima del primer escalón del autobús, como si esa mínima altura representara un peligro. Le digo adiós y veo cómo avanza entre los primeros asientos hasta encontrar un lugar vacío, cómo se sienta y se agacha mientras el autobús arranca y yo no consigo ver su rostro.
sábado 2 de julio de 2011
Ejercicio #4
Tienes las variaciones de la lluvia
Eres a ratos solo el olor a tierra mojada
y otras veces entierras a los ruidos
en el féretro de tu tempestad.
Eres el eco del río en una ciudad que
solo sabe de tuberías que se arrastran
por debajo de la tierra como sanguijuelas.
Y en un descuido te conviertes en el trueno,
en el grito ahogado que lanza el cielo y en
la luz del relámpago que con su filo le hace
una herida de muerte a la noche.
Tú guardas de la lluvia los restos
la naturaleza muerta, el árbol caído,
los cuerpos entregados a las descargas eléctricas,
los nidos destruidos y los animales que flotan
en avenidas convertidas en cloacas.
Eres a ratos solo el olor a tierra mojada
y otras veces entierras a los ruidos
en el féretro de tu tempestad.
Eres el eco del río en una ciudad que
solo sabe de tuberías que se arrastran
por debajo de la tierra como sanguijuelas.
Y en un descuido te conviertes en el trueno,
en el grito ahogado que lanza el cielo y en
la luz del relámpago que con su filo le hace
una herida de muerte a la noche.
Tú guardas de la lluvia los restos
la naturaleza muerta, el árbol caído,
los cuerpos entregados a las descargas eléctricas,
los nidos destruidos y los animales que flotan
en avenidas convertidas en cloacas.
lunes 20 de junio de 2011
Domingo
Me queda grande la ciudad cuando salgo y en cada esquina encuentro un rostro conocido, un anuncio pegado en la caseta telefónica que acabo de ver un día antes, la misma ruta con distintos automóviles, los mismos colores abrazando a las casas, las mismas luces encendidas a las ocho de la noche. Cada vez que cierro los ojos se muere un puñado de posibilidades. Miradas cómplices, una anciana acelerando el paso, una nube cambiando de forma, una mujer asomándose por la ventana de su departamento.
Todos están ahí reunidos, incluso los que no invité, los que me brindan una sorpresa débil, casi ignorada. Nadie sospecha que he salido a buscarte, que mientras camino la moneda está en el aire y no va a caer hasta que te encuentre o hasta que no aparezcas y regrese a casa con la misma tristeza que salió para alimentarse con las migajas que los niños tiran a las palomas en el parque los domingos por la tarde.
No sé qué lugares frecuentas, qué días sales de casa y qué días dedicas al encierro, no sé nada, y eso convierte mi búsqueda en una casualidad. Pienso que vas a aparecer en cada esquina, que vas a asomarte por cualquier ventana, que me vas a abrir la puerta en la cara, que me vas a mirar desde el otro lado de la calle para luego con una seña acercarte. Pienso que tú también me estás buscando, que tampoco tienes idea de dónde me encuentro, que la ciudad nos tiene que hacer el favor.
Establezco límites, no me acerco a tu casa, no invado tu territorio, no soy capaz de pararme frente a la única puerta que sé puente. Me siento y miro a la gente pasar, observo sus zapatos, me concentro en el ruido de sus pasos, en sus rostros cuando me descubren hurgando en su humanidad. La noche me acaricia el cabello y siento frío. El tiempo corre como si estuviera huyendo, como si supiera que no te voy a encontrar y quisiera aliviar mi agonía.
Avanzo, me voy alejando más de los posibles puntos de encuentro. Se fundieron tres faroles, no pasó el camión de la basura, la mujer que vende rosas se tomó un día de descanso. El videoclub está abierto, me paro enfrente y alcanzo a ver unos lentes, un cabello lacio, una mujer. No eres tú, cómo quisiera que fueras tú y que me vieras y que salieras del videoclub con una sonrisa que ni tú conoces, que nadie ha visto nacer en tu boca.
La parada del camión está vacía, hoy no he visto camiones, yo que siempre tomo taxi nunca veo camiones. Quién sabe.
No apareciste, camino casi en cámara lenta, me alejo del centro, del ruido, de la posible fuga de la que ibas a emerger. No llegaste, te quedaste mirando una película que rentaste un día antes, te quedaste dormida toda la tarde, no saliste de casa todo el fin de semana. Estás tomando café con galletas mientras piensas en qué habrá pasado cuando oyes la sirena de una ambulancia. No apareciste y yo regreso a casa pisoteando a la ciudad que hoy me queda grande.
Todos están ahí reunidos, incluso los que no invité, los que me brindan una sorpresa débil, casi ignorada. Nadie sospecha que he salido a buscarte, que mientras camino la moneda está en el aire y no va a caer hasta que te encuentre o hasta que no aparezcas y regrese a casa con la misma tristeza que salió para alimentarse con las migajas que los niños tiran a las palomas en el parque los domingos por la tarde.
No sé qué lugares frecuentas, qué días sales de casa y qué días dedicas al encierro, no sé nada, y eso convierte mi búsqueda en una casualidad. Pienso que vas a aparecer en cada esquina, que vas a asomarte por cualquier ventana, que me vas a abrir la puerta en la cara, que me vas a mirar desde el otro lado de la calle para luego con una seña acercarte. Pienso que tú también me estás buscando, que tampoco tienes idea de dónde me encuentro, que la ciudad nos tiene que hacer el favor.
Establezco límites, no me acerco a tu casa, no invado tu territorio, no soy capaz de pararme frente a la única puerta que sé puente. Me siento y miro a la gente pasar, observo sus zapatos, me concentro en el ruido de sus pasos, en sus rostros cuando me descubren hurgando en su humanidad. La noche me acaricia el cabello y siento frío. El tiempo corre como si estuviera huyendo, como si supiera que no te voy a encontrar y quisiera aliviar mi agonía.
Avanzo, me voy alejando más de los posibles puntos de encuentro. Se fundieron tres faroles, no pasó el camión de la basura, la mujer que vende rosas se tomó un día de descanso. El videoclub está abierto, me paro enfrente y alcanzo a ver unos lentes, un cabello lacio, una mujer. No eres tú, cómo quisiera que fueras tú y que me vieras y que salieras del videoclub con una sonrisa que ni tú conoces, que nadie ha visto nacer en tu boca.
La parada del camión está vacía, hoy no he visto camiones, yo que siempre tomo taxi nunca veo camiones. Quién sabe.
No apareciste, camino casi en cámara lenta, me alejo del centro, del ruido, de la posible fuga de la que ibas a emerger. No llegaste, te quedaste mirando una película que rentaste un día antes, te quedaste dormida toda la tarde, no saliste de casa todo el fin de semana. Estás tomando café con galletas mientras piensas en qué habrá pasado cuando oyes la sirena de una ambulancia. No apareciste y yo regreso a casa pisoteando a la ciudad que hoy me queda grande.
sábado 18 de junio de 2011
Raíz
Tengo un puñado de recuerdos como agradecimiento.
La bicicleta roja con manubrio negro de la que me viste caer.
Unos primeros pasos torpes, desequilibrados, casi graciosos.
Un parque llamado los berros recorrido cientos de veces a tu lado.
El raspado de grosella que me hizo enfermar.
La iglesia cada domingo como condición para salir a divertirnos.
Una tortuga con caparazón de globo y patas de corcholata arrastrándose por la banqueta.
Los paseos en coche, durante la noche, con tu música favorita.
El cumpleaños lleno de piñatas de colores, de un pastel que todos querían probar,
de un vestido que nunca me gustó usar.
La alberca de la que me salvaste de morir ahogada.
Un pantalón verde, con manchas, idóneo para jugar a ser militar
que compramos en la fayuca de Puebla.
Una bolsa de alimento para peces que olía a mierda.
Los calcetines que olvidaste en un cajón y que ahora uso.
La décima película de terror, vista desde la cama, un sábado por la noche.
Unas hermanas que amo aunque a veces no soporto.
Incontables abrazos y besos que pretextan despedidas.
Miradas de apoyo para mis lágrimas.
Palabras que pretenden hacerme saber que te duele no poder cumplir todos mis sueños.
Llamadas tras las que se esconde tu voz cansada, tu tristeza que no vas a revelarme.
Todo lo que tú recuerdas y yo olvidé me está esperando,
no sé en qué sitio, no sé cuándo o si voy a llegar...
Tengo un puñado de recuerdos que son apenas el eco
de un no te mueras nunca.
La bicicleta roja con manubrio negro de la que me viste caer.
Unos primeros pasos torpes, desequilibrados, casi graciosos.
Un parque llamado los berros recorrido cientos de veces a tu lado.
El raspado de grosella que me hizo enfermar.
La iglesia cada domingo como condición para salir a divertirnos.
Una tortuga con caparazón de globo y patas de corcholata arrastrándose por la banqueta.
Los paseos en coche, durante la noche, con tu música favorita.
El cumpleaños lleno de piñatas de colores, de un pastel que todos querían probar,
de un vestido que nunca me gustó usar.
La alberca de la que me salvaste de morir ahogada.
Un pantalón verde, con manchas, idóneo para jugar a ser militar
que compramos en la fayuca de Puebla.
Una bolsa de alimento para peces que olía a mierda.
Los calcetines que olvidaste en un cajón y que ahora uso.
La décima película de terror, vista desde la cama, un sábado por la noche.
Unas hermanas que amo aunque a veces no soporto.
Incontables abrazos y besos que pretextan despedidas.
Miradas de apoyo para mis lágrimas.
Palabras que pretenden hacerme saber que te duele no poder cumplir todos mis sueños.
Llamadas tras las que se esconde tu voz cansada, tu tristeza que no vas a revelarme.
Todo lo que tú recuerdas y yo olvidé me está esperando,
no sé en qué sitio, no sé cuándo o si voy a llegar...
Tengo un puñado de recuerdos que son apenas el eco
de un no te mueras nunca.
viernes 17 de junio de 2011
El despertar
Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y se ha volado
y mi corazón está loco
porque aúlla a la muerte
y sonríe detrás del viento
a mis delirios
Qué haré con el miedo
Qué haré con el miedo
Ya no baila la luz en mi sonrisa
ni las estaciones queman palomas en mis ideas
Mis manos se han desnudado
y se han ido donde la muerte
enseña a vivir a los muertos
Señor
El aire me castiga el ser
Detrás del aire hay monstruos
que beben de mi sangre
Es el desastre
Es la hora del vacío no vacío
Es el instante de poner cerrojo a los labios
oír a los condenados gritar
contemplar a cada uno de mis nombres
ahorcados en la nada.
Señor
Tengo veinte años
También mis ojos tienen veinte años
y sin embargo no dicen nada
Señor
He consumado mi vida en un instante
La última inocencia estalló
Ahora es nunca o jamás
o simplemente fue
¿Cómo no me suicido frente a un espejo
y desaparezco para reaparecer en el mar
donde un gran barco me esperaría
con las luces encendidas?
¿Cómo no me extraigo las venas
y hago con ellas una escala
para huir al otro lado de la noche?
El principio ha dado a luz el final
Todo continuará igual
Las sonrisas gastadas
El interés interesado
Las preguntas de piedra en piedra
Las gesticulaciones que remedan amor
Todo continuará igual
Pero mis brazos insisten en abrazar al mundo
porque aún no les enseñaron
que ya es demasiado tarde
Señor
Arroja los féretros de mi sangre
Recuerdo mi niñez
cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón
Recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña
es decir ayer
es decir hace siglos
Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y ha devorado mis esperanzas
Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
Qué haré con el miedo
Alejandra Pizarnik
La jaula se ha vuelto pájaro
y se ha volado
y mi corazón está loco
porque aúlla a la muerte
y sonríe detrás del viento
a mis delirios
Qué haré con el miedo
Qué haré con el miedo
Ya no baila la luz en mi sonrisa
ni las estaciones queman palomas en mis ideas
Mis manos se han desnudado
y se han ido donde la muerte
enseña a vivir a los muertos
Señor
El aire me castiga el ser
Detrás del aire hay monstruos
que beben de mi sangre
Es el desastre
Es la hora del vacío no vacío
Es el instante de poner cerrojo a los labios
oír a los condenados gritar
contemplar a cada uno de mis nombres
ahorcados en la nada.
Señor
Tengo veinte años
También mis ojos tienen veinte años
y sin embargo no dicen nada
Señor
He consumado mi vida en un instante
La última inocencia estalló
Ahora es nunca o jamás
o simplemente fue
¿Cómo no me suicido frente a un espejo
y desaparezco para reaparecer en el mar
donde un gran barco me esperaría
con las luces encendidas?
¿Cómo no me extraigo las venas
y hago con ellas una escala
para huir al otro lado de la noche?
El principio ha dado a luz el final
Todo continuará igual
Las sonrisas gastadas
El interés interesado
Las preguntas de piedra en piedra
Las gesticulaciones que remedan amor
Todo continuará igual
Pero mis brazos insisten en abrazar al mundo
porque aún no les enseñaron
que ya es demasiado tarde
Señor
Arroja los féretros de mi sangre
Recuerdo mi niñez
cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón
Recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña
es decir ayer
es decir hace siglos
Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y ha devorado mis esperanzas
Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
Qué haré con el miedo
Alejandra Pizarnik
Suscribirse a:
Entradas (Atom)