sábado, 5 de noviembre de 2011

El buen uso de la razón

Alguien domina la historia, alguien impone su voluntad. Buscar el equilibrio en la interacción de consciencias sin dejar que una sola mueva las piezas del juego, elija el escenario y la representación, sería negar el común denominador de la existencia: el egoísmo; o darse cuenta de que siendo creyentes de la razón nuestro concepto de amor no es sino una construcción más y dentro del absurdo subjetivismo el hombre no es capaz de decir con seguridad si es la ignorancia del bienestar del otro por el bienestar propio o el desprendimiento de un bien único por un bien común lo que nos acerca a un comportamiento humano. La individualidad se nos ha dado de un modo grotesco y cruel, cualquiera es capaz de opinar pero sigue creciendo el desinterés de los oídos, se nos ha entregado una voz llena de miedo, sin nombre, y en lugar de servir como herramienta para construir una identidad que permita reconocerse en alguien más ha otorgado desconfianza, soledad impuesta y un vacío que busca desaparecer a través de la anulación del otro. La balanza se inclina hacia el lado que el injusto decide porque un equilibrio supondría arriesgarse a estar equivocado y una vez puesto en evidencia el error el individuo tendría que enfrentarse a la necesidad de solucionarlo. Hay una guerra de poder entre un mismo batallón porque la incertidumbre de no saber quién es el enemigo ha llevado a los soldados a matarse los unos a los otros. Al final del simulacro queda un hombre solo, en la trinchera, aún con miedo y esperando ya sin fuerzas que comience la verdadera guerra.